Stella by Starlight – Miles Davis
Este standard, tantas vezes imortalizado, é peça obrigatória em qualquer colecção musical. Pertence ao disco The Complete Concert 1964: My Funny Valentine + Four and More [Live].
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Este standard, tantas vezes imortalizado, é peça obrigatória em qualquer colecção musical. Pertence ao disco The Complete Concert 1964: My Funny Valentine + Four and More [Live].
O quinto álbum de estúdio dos Massive Attack tem dois convidados de peso, Damon Albarn (Blur e Gorillaz) e o guitarrista Adrian Utley, dos Portishead. Guy Garvey (Elbow), Tunde Adebimpe (TV On the Radio) e Martina Topley Bird (deixem-se embalar pela ex-colaboradora de Tricky em ‘Psyche’…) são algumas das presenças que ajudam a que Heligoland seja desde já um dos discos do ano e, na minha opinião, francamente melhor que 100th Window. Clique na imagem para ouvir na íntegra.
Em “Istanbul”, Jordi Savall reúne a música praticada na corte otomana do século XVII com repertório tradicional sefardita e arménio num aliciante mosaico de ritmos e cores
MAESTROS DEL SIGLO DE ORO
CRISTOBAL DE MORALES, FRANCISCO GUERRERO, TOMAS LUIS DE VICTORIA

La Capella Reial de Catalunya – HESPÈRION XX – JORDI SAVALL
CRISTOBAL DE MORALES – OFFICIUM DEFUNCTORUM * MISSA PRO DEFUNCTIS, a 5
TOMAS LUIS DE VICTORIA – CANTICA BEATAE VIRGINIS
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La liturgia de difuntos –que incluye, concretamente, la misa de réquiem, el oficio del sepelio y el oficio de los muertos– recibió en España, desde una época muy temprana, una considerable importancia por parte de las autoridades eclesiásticas y los compositores de las iglesias locales. A lo largo de toda la Edad Media, según se desprende de las descripciones documentales de que disponemos, la muerte de un gran señor, como por ejemplo el Conde de Barcelona o el soberano de alguno de los reinos de León, Castilla, Aragón o Navarra, era llorada por medio de impresionantes ceremonias en las que la solemnidad de la liturgia se veía a menudo subrayada por el añadido de el planctus, un largo lamento opcional que se cantaba en monofonía, y del que nos han llegado varios ejemplos.
Cuando a finales del siglo XV, y siguiendo los ejemplos de Dufay y Ockeghem, empezó a usarse la polifonía para las misas de réquiem, los músicos españoles fueron de los primeros en adoptar esta práctica de un modo sistemático; y así, casi todos los grandes compositores ibéricos del siglo XVI, desde Pedro de Escobar y Juan García de Basurto, nos han dejado por lo menos una versión polifónica de la Missa pro defunctis. Sobre esta cuestión tendría una influencia directa la atmósfera de profundo misticismo que dominó gran parte de la cultura española durante esta época como resultado de la confusión espiritual y la crisis de valores en las que se vio sumida Europa tras la aparición de la Reforma. En realidad, el contenido excepcionalmente dramático de los textos de réquiem parecía abarcar todos los temas que polarizaban los grandes miedos y las grandes dudas del hombre del siglo XVI: el paso rápido del tiempo, la naturaleza transitoria de la vida terrena, los misterios opuestos de la mortalidad y la eternidad, los sentimientos de culpa de un alma frente a Dios, el rigor del juicio final, la súplica humana de clemencia divina.
La Missa pro defunctis a cinco voces de Cristóbal de Morales se publicó en 1544 como parte de su Christophori Moralis Hispalensis Missarum liber secundus, imprimido en Roma por Valerio y Ludovico Dorico. En 1552 Jacques Moderne volvió a imprimir el volumen en Lyon, y existen por lo menos tres copias manuscritas de la misa: en Madrid (Biblioteca de los Duques de Medinaceli), Múnich (Bayerische Staatsbibliothek) y Toledo (Archivos de la Catedral). No conocemos la fecha exacta de composición de esta pieza, aunque lo mas probable es que fuera escrita durante la estancia de Morales en Roma como cantante en la capilla papal, puesto que obtuvo el 1 de septiembre de 1535 y que dejó el 1 de mayo de 1545. Según ha propuesto el musicólogo italiano Clementi Terni, Morales pudo haber escrito el réquiem para las solemnes exequias de la esposa de Carlos V, Isabel de Portugal, celebradas el 28 de mayo de 1539 en la basílica de San Pedro, ya que él mismo cantó en esa ceremonia junto con el resto del coro papal; sin embargo no parece haber ninguna prueba documental que respalde esta hipótesis. El coro también cantó en la inauguración oficial del Juicio final, en la Capilla Sixtina, el 31 de octubre de 1540; y, si dejamos de lado la propuesta de Terni, resulta tentador pensar que el impacto de las poderosas imágenes de Miguel Ángel en la mente creativa del compositor pudo tener alguna influencia sobre la atmosfera expresiva de su Missa pro defunctis.
El réquiem de Morales sigue el modelo estructural que era habitual para el género en esa época: Introitus (Requiem æternam, con el verso Te decet), Kyrie, Gradual (Requiem æternam, con el verso In memoria æterna), Secuencia (no se trata del Dies iræ completo, del que los compositores del XVI no acostumbraban a hacer la versión polifónica completa, sino sólo del ultimo verso, Pie Jesu Domine), Ofertorio (Domine Jesu Christe, Rex Gloriae, con el verso Hostias et preces), Sanctus (con el Benedictum), Agnus Dei y Communio (Lux aeterna, con el verso Requiem æternam). Está escrito principalmente para soprano, altos I y II, tenor y bajo, aunque el verso del Gradual, In memoria æterna, está escrito para tres voces, (A II, T, B), y el del Ofertorio, Hostias et preces, es para cuatro voces (S II, A, T, B).
Cada sección empieza con su entonación gregoriana y, a continuación, una de las voces (generalmente, la soprano) retoma la melodía del canto original y la mantiene con valores largos durante todo el movimiento, mientras las otras voces entretejen por debajo una red de contrapuntos. La textura es principalmente imitativa, a menudo basada en motivos melódicos sacados del canto, pero el movimiento rítmico es grave y tranquilo, a pesar de una cierta predilección por el uso de ritmos cruzados entre las distintas voces que provoca cierta ambigüedad métrica. La línea del bajo rara vez participa en la imitación, procediendo sobre todo en cuartas y quintas, con una clara función armónica. Junto con el uso ocasional de la escritura homofónica, todo ello crea un fuerte efecto acordal, aún cuando el texto aparece tratado en su mayor parte de manera melismática y, por lo tanto, sólo algunas secciones tienen un estilo claramente declamatorio. Hay poco uso –si es que hay alguno– del figuralismo; más bien, Morales prefiere a todas luces crear en cada movimiento un clima emocional general que nunca rompe con efectos puramente madrigalísticos. Su armonía revela una predilección por las terceras y las sextas menores, un procedimiento que anticipa las recomendaciones del teórico italiano de finales del siglo XVI Gioseffo Zarlino para establecer una atmosfera musical melancólica y el mismo efecto es conseguido mediante un uso moderado pero muy eficaz de las suspensiones y otras disonancias. En términos generales, el réquiem es una de dimensiones verdaderamente espléndidas y, sin embargo, de naturaleza austera, serena e introspectiva, como si Morales hubiera querido abordar el tema de la muerte con el mayor recogimiento y la mayor reverencia posibles, lejos de cualquier demostración de ingenio y virtuosismo mundanos y con una emoción sincera.
Morales escribió dos composiciones más relacionadas con la liturgia de difuntos: una segunda Missa pro defunctis, para cuatro voces, y una serie de versiones polifónicas de temas pertenecientes al Officium defunctorum. Según parece, compuso el réquiem para cuatro voces tras su regreso a España, mientras oficiaba como maestro de capilla en la corte del duque de Arcos en Marchena, entre mayo de 1548 y, al menos, febrero de 1551, antes de aceptar un puesto similar en la catedral de Málaga. El teórico y compositor Juan Bermudo menciona, en su Declaración de instrumentos musicales (Osuna, 1555), que esta obra estaba dedicada al conde de Urueña e incluso reproduce en ese mismo tratado un fragmento de la partitura. Partiendo de ciertas similitudes existentes con el fragmento que cita Bermudo, se ha propuesto que un réquiem anónimo copiado en un manuscrito perteneciente a una iglesia de Valladolid podría corresponder a la versión para cuatro voces de Morales, pero esta identificación sigue siendo problemática.
En cuanto al Officium defunctorum, sobrevive en un libro de coro propiedad de los archivos de música de la catedral de Puebla, en México. Pudo haber sido compuesto aproximadamente en la misma época que el réquiem para cuatro voces, pero no existe ninguna referencia específica que apoye esta hipótesis en la documentación existente sobre los últimos años de la vida de Morales. Lo que sí sabemos es que se cantó en Ciudad de México algunos años después de la muerte del compositor, durante los funerales solemnes que se celebraron en esa ciudad por la muerte del emperador Carlos V en noviembre de 1559. Francisco Cervantes de Salazar, en su Túmulo imperial (Ciudad de México, 1560), nos ofrece un relato pintoresco y detallado de las ceremonias, con una descripción especialmente exhaustiva de todos los elementos musicales.
Dado que el palacio del virrey y la catedral de Ciudad de México estaban demasiado cerca como para permitir una larga procesión entre los dos edificios, las celebraciones tuvieron lugar en la iglesia de San José y en un patio situado entre ésta y el monasterio franciscano colindante, donde se erigió un gran monumento en memoria del difunto emperador. Dos mil indios abrieron la procesión, encabezados por los gobernadores indígenas de las cuatro provincias de México y por más de doscientos caciques, ataviados todos ellos con las vestimentas del duelo según el mas estricto protocolo. Detrás, en una procesión que duró dos horas, desfilaron el clero, encabezado por el arzobispo Alonso de Monchúfar, la administración colonial y la nobleza, con el virrey don Luis de Velasco, y una competa representación de todos los estamentos de la sociedad colonial.
La ceremonia en la iglesia fue dirigida por el maestro de capilla de la catedral de Ciudad de México Lázaro del Álamo, que había dividido a sus músicos en dos coros para que pudieran alternarse o combinarse para formar un gran conjunto. En los libros de coro de Puebla no se conservan todas las piezas que se cantaron en esa ocasión, y no fueron todas de Morales ni todas polifónicas; por ejemplo, el motete de Morales para cinco voces Circumdederunt me gemitus mortis, que se interpretó justo antes del Invitatorio de rigor (Regem cui omnia vivunt), existe en un manuscrito en la catedral de Toledo, pero no se encuentra en ningún archivo mexicano. El propio Lázaro del Álamo era autor de algunas de las versiones de los salmos que se interpretaron, en las que la primera mitad de cada verso se cantaba por un solista y la segunda era cantada en polifonía por un coro de niños. En otras ocasiones, un pequeño coro polifónico de ocho solistas se alternaba con un coro mayor. Alguna de las versiones de Morales, como la del salmo Exultemus, ya no existen. Por otra parte, los libros de coro de Puebla contienen tres motetes fúnebres de Morales para cuatro voces, (Hodie si vocem eius, Quoniam Deus magnus, y Quoniam ipsius est mare), pero la descripción de Cervantes de Salazar no menciona que se cantaran en esa ocasión. Por consiguiente, esta grabación sólo incluye las piezas polifónicas de Morales existentes, que sabemos con certeza que fueron interpretadas en matines durante las ceremonias que hemos descrito.
Se trata pues de las siguientes piezas: el mencionado motete para cinco voces Cirdumdederunt me, el Invitatorio (Regem cui omnia vivunt, con el Salmo 94, Venite, exultemus Domino), las tres Lecciones del primer Nocturno (I-Parce mihi, Domine; II-Tædet animam meam; III-Manus tuæ fecerunt me), y el tercer Responso del segundo Nocturno (Ne recorderis). El Invitatorio, con su constante alternancia con los versículos del Salmo 94 estableciendo una suerte de refrán, resulta particularmente apropiado para experimentar con una gran variedad de posibilidades interpretativas en lo referente a la distribución vocal e instrumental, ya que sabemos que en las catedrales peninsulares y latinoamericanas la polifonía sacra rara vez –por no decir nunca– se interpretaba a capella, sino que contaba con un importante acompañamiento de instrumentos armónicos, de cuerda y de viento.
Las tres Lecciones –y, en particular, la primera, «cuya belleza subyugó a todos» en las ceremonias de Ciudad de México, en palabras de Cervantes de Salazar– consisten en austeras armonizaciones a cuatro voces de los tonos recitativos gregorianos que se usaban para este género, con la línea cantada por la soprano. Exceptuando algunos cambios armónicos inesperados, el impacto emocional de estas piezas reside básicamente en la declamación rítmica del texto, en el que las estructuras métricas en constante cambio aceleran o disminuyen el recitativo, generando así, junto con el juego de sonidos y silencios, fuertes efectos dramáticos (como la manera en la que la palabra peccavi –he pecado– del Parce mihi es articulada muy lentamente y queda enmarcada por compases de pausa general). Por último, en el Responso Ne recorderis, todas las secciones se basan en la alternancia permanente de pasajes homofónicos sobrios y cortos, y de melodías cantadas. De nuevo, tanto en el Officium defunctorum como en la Missa pro defunctis, (y quizás en el caso de esta última, de un modo más impresionante todavía), Cristóbal de Morales nos dejó en sus composiciones para la liturgia de difuntos una meditación sobre los misterios de la Vida y la Muerte severa y contenida, pero de una densidad y una profundidad impresionantes, y con ello aportó a la música sacra europea y a la cultura española del siglo XVI dos obras maestras imperecederas.
ISTANBUL. DIMITRIE CANTEMIR
“The Book of the Science of Music” and the Sephardic and Armenian musical traditions

“El libro de la ciencia de la música” y las tradiciones musicales sefardíes y armenias
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En la encrucijada de dos continentes, el europeo y el asiático, ESTAMBUL para los otomanos, CONSTANTINOPLA para los bizantinos, es ya en la época de Dimitrie Cantemir (1673-1723) un verdadero hito de la historia; a pesar del recuerdo y la presencia muy evidente de la antigua Bizancio, se había convertido en el auténtico corazón del mundo religioso y cultural musulmán. Extraordinaria mezcla de pueblos y religiones, no deja de atraer a viajeros y artistas europeos; Cantemir desembarcó en la ciudad en 1693, a la edad de 20 años, primero como rehén y luego como representante diplomático de su padre, que gobernaba Moldavia. Se convirtió en un famoso intérprete de tanbur, una especie de laúd de mástil largo, y fue también un compositor muy apreciado por su obra Kitâb-ül ilm-il mûsikî (El libro de la ciencia de la música), que dedicó a sultán Ahmed III (1703-1730).
El libro de la ciencia de la música de Dimitrie Cantemir, que nos ha servido de base como fuente histórica para nuestra grabación, es un documento excepcional en muchos aspectos; ante todo, como fuente fundamental de conocimiento de la teoría, el estilo y las formas musicales del siglo XVII, pero también como uno de los testimonios más interesantes sobre la vida musical de uno de los países orientales más importantes. Esa antología de 355 composiciones (de las cuales 9 pertenecen al propio Cantemir), escritas en un sistema de notación musical inventado por su autor, representa la más importante colección de música instrumental otomana de los siglos XVI y XVII que ha llegado hasta nuestros días. Empecé a descubrir ese repertorio en 1999 durante la preparación del proyecto sobre Isabel I de Castilla, cuando nuestro colaborador y amigo Dimitri Psonis, especialista en músicas orientales, nos propuso una antigua marcha guerrera de esa colección como ilustración musical de la fecha de la conquista de Constantinopla por parte de las tropas otomanas de Mehmed II.Com a divulgação do excepcional Documentário de 2005 Keith Jarrett – The Art Of Improvisation percorro alguns dos meus favoritos discos de Jarrett, que incluem um conjunto notável de amigos que há muitos anos o acompanham nesta viagem: Jack DeJohnette, Gary Burton, Gary Peacock, Charles Lloyd e Manfred Eicher.
Por via de uma profunda pesquisa da vida e trabalho de Keith Jarrett, o Documentário resulta numa excepcional oportunidade para entender os contrastes entre o jazz e a música clássica; Contém uma enorme quantidade de material de arquivo, enriquecido com detalhes das entrevistas filmadas com Keith, e testemunhos de quem com ele colaborou durante anos: familiares, managers e outros colaboradores próximos, como Steve Cloud, Scott Jarrett, George Avakian, Miles Davis, Toshinari Koinuma, Charlie Haden, Dewey Redman, Rosa Anne Jarrett, Jan Garbarek e John Christensen. Este Documentário expõe o talento único do artista que explora as fronteiras do jazz e que lhe proporciona reconhecimento a nível mundial.
Monk – Live At The Jazz Workshop, 1964
Thelonious Monk – piano. Charlie Rouse – tenor. Larry Gales – bass. Ben Riley – drums.
Well, actually Charlie Rouse, who had joined Monk almost exactly a year earlier and was to remain his constant working companion through the entire Columbia Records period, showed up for the second set. (His excuse was weird enough to have the ring of truth to it. Arriving in town that afternoon, and feeling quite travel-weary, he had checked into a YMCA near the club and took a nap that lasted quite a while longer than planned, having requested a wake-up call that for some reason was never made.) This was more than two years after Monk’s great breakthrough, when playing with the emerging John Coltrane at New York’s soon-to-be-legendary Five Spot had started him towards new heights of public acclaim. Nevertheless, the booking apparently only paid enough to enable him to take one sideman across the country. The Los Angeles bassist and drummer hired for the week showed up the next day, but it was no way for a great pianist to first encounter one of America’s great cultural centers.
I know all of this for a certainty because I was in San Francisco at the time. Actually, the only reason I wasn’t at the Black Hawk that evening was because I was recording not too far away – at the Jazz Workshop, where the young Cannonball Adderley quintet was taping a “live” album that would lead them to world-wide stardom.
(Major companies often having been slow to respond to the less obvious jazz forms of that day, both artists were then recording for my New York based independent label, Riverside.) During the week I had reason to learn that Thelonious was rapidly gaining an appreciation of the California city; I still vividly recall the day he took me to lunch at a family-style Italian restaurant in the North Beach area, where the staff greeted him affectionately.
Among the more important things that happened to Monk during the next few years were several returns to the jazz clubs of that city and the beginning of a long relationship with a major label. The latter move led to a much higher profile for Thelonious, including the same rare honor gained by fellow Columbia Records star Dave Brubeck – having his picture on the cover of Time magazine! In the fall of 1964, the two elements combined when Monk, this time carrying a full cadre of musicians, played successive engagements at the It Club in Los Angeles, and the Jazz Workshop in San Francisco, and Columbia elected to record him in performance at both venues. (Opening night in the City by the Bay was, without question, a much happier occasion than in 1959.)
Of course there was a bit of maneuvering and inconvenience involved. Either economy or efficiency, or perhaps the schedule of Teo Macero, Monk’s designated producer at the label, dictated that the two chunks of location recording were jammed together – almost literally back to back. The band was recorded in Los Angeles on a Saturday and Sunday, the last two night of that stand, and then again further north on the first two of the next. (And Monk barely got time to travel – a good part of his off-day was spent in a Los Angeles studio cutting five numbers for a planned solo piano album.) It actually is a seriously bad idea to record right at the start of an on-the-road club date. The musicians haven’t yet gotten used to their new hotel rooms and how to get from the lobby to the job, let alone feeling comfortable and relaxed on the bandstand or in the backstage area, or accustomed to how they sound in the room.
But in addition to several better-known attributes, Thelonious Monk was a thorough professional, capable of working productively under almost any circumstances. It helped that he possessed limitless self-confidence – including both an instinctive faith in his own ability and the conviction that he had clothed his sidemen in the same invulnerable armor. And more than any other jazz artist in my experience, he seemed able to block out the influence of the tape machine, to proceed without appearing to be altering his performance to accommodate the requirements of recording. If you happen to be the producer in charge of the live recording session, this last quality is not necessarily a good thing. Usually – though perhaps not always – some adjustments should be made. Visual elements help make a drum solo more exciting; maintain audience interest for longer stretches of time, involve the viewer/listener more deeply through the charisma of an intriguing personality. But in constructing an album that will remain fascinating when deprived of any visual aids, it is not always possible to retain total reality. The most effective live recordings are often those that appear to be entirely natural and unrestricted, but actually are planned and disciplined. Monk was never particularly interested in or approving of simulation or compromise in connection with his music. (I have produced what I consider rather successful in-person Monk albums, but it certainly was far from easy.)
One striking characteristic of the body of music here is the lack of repetition. Aside from the set-closing theme, “Epistrophy,” only one number (“Evidence”) appears to have been played more than once a night. This much variety is certainly how Thelonious would have programmed an evening of club work, but it is definitely not the prescribed way to make a record. In the studio, standard procedure is to repeat a selection until you are satisfied, then go on to the next. Most club recording varies this only by not repeating anything immediately, but concentrates on limited repertoire and repeats almost everything in each new set – which in this era meant three or four times a night. This may partially explain why Columbia issued virtually none of the 1964 California live material for almost two decades – and then only chose to release a limited number of selections. And several of those had been trimmed in length to something closer to the duration of a studio recording, usually by drastic shortening or even elimination of bass and drum solos.
But in preparing the reissue versions of this material, I was fortunately not asked to prepare a ‘normal’ record. Instead, it could be something of more historical validity, could draw its real strength from being a valid recreation of how it felt to spend time in a club when Monk was performing. Basically this is a pretty complete recreation of what he played when the tape machines were rolling on each of his quartet’s first two nights at the Jazz Workshop. Some selections were, for whatever reasons, incompletely recorded, and there’s a good possibility that tape was not continuously rolling all the time. But this is whatever can be considered issuable from two nights of work. It seems clear that the audience for jazz records usually demands perfection in what emerges from the studio, but is quite prepared to relish quirks and imperfections in on-the-spot recordings. That works out particularly well in this instance. If what you are looking for in a ‘live’ recording is something direct and honest, possibly a little rough (as the artist recalls and reaches out for a number he may not have included in his standard repertoire for years), but never at all routine or standardized – if that’s what you have in mind, it’s hard to think of anyone better equipped than Thelonious to provide it. Via.
Orrin Keepnews – October 2000
A 17 de Novembro chega “The Catalogue”, caixa de oito discos que reúne todos os álbuns editados entre 1974 e 2003. Em 2010 o novo álbum
Como todos sabemos, os Kraftwerk, pioneiros da pop electrónica, nome destacado do “kraut-rock“, são banda de gente cerebral e arrumadinha. Todas as suas acções são arquitectadas com a precisão geométrica de uma auto-estrada germânica e com a sagacidade do Lance Armstrong dos bons velhos tempos – e eis-nos assim a referir de forma enviesada “Autobahn” e “Tour de France“, dois dos temas mais emblemáticos da banda alemã. Tudo isto para falar dos seus próximos passos. Primeiro, a 17 de Novembro, chega “The Catalogue”, caixa de oito discos que reúne todos os álbuns editados entre 1974 e 2003, celebrando o 35º aniversário da supracitada “Autobahn”. Depois da reavaliação histórica, o futuro. Ralf Hutter, um dos fundadores, anunciou à Billboard que os Kraftwerk começaram a trabalhar num novo álbum de originais, a editar em 2010. Será o primeiro após a saída de Florian Schneider, outro dos fundadores, e, para já, Hutter não tem muito a adiantar: “Ainda está numa fase embrionária.” Com os Kraftwerk não há espaço para especulações. Tudo muito certinho e arrumadinho. Como é que era mesmo? Isso: “Man machine.”. Via.
Para ver e ouvir em Lisboa a 10 de Dezembro, no Campo Pequeno!
