O quinto álbum de estúdio dos Massive Attack tem dois convidados de peso, Damon Albarn (Blur e Gorillaz) e o guitarrista Adrian Utley, dos Portishead. Guy Garvey (Elbow), Tunde Adebimpe (TV On the Radio) e Martina Topley Bird (deixem-se embalar pela ex-colaboradora de Tricky em ‘Psyche’…) são algumas das presenças que ajudam a que Heligolandseja desde já um dos discos do ano e, na minha opinião, francamente melhor que 100th Window. Clique na imagem para ouvir na íntegra.
Em “Istanbul”, Jordi Savall reúne a música praticada na corte otomana do século XVII com repertório tradicional sefardita e arménio num aliciante mosaico de ritmos e cores
O diálogo entre culturas musicais diferentes e a combinação das tradições musicais populares e eruditas são componentes essenciais do percurso artístico de Jordi Savall. Num dos seus últimos CDs – entretanto saiu já um outro importante projecto no formato de livro-disco (“Le Royaume Oublié”), dedicado à Cruzada Albigense, que será objecto de recensão num dos próximos suplementos – o músico catalão propõe um interessante cruzamento entre a música praticada no Império Otomano do século XVII com a música tradicional sefardita (dos judeus oriundos de Espanha e Portugal) e arménia, populações representadas entre os músicos da corte de Istambul. O projecto reúne músicos da Turquia, da Arménia, de Israel, de Marrocos e da Grécia, além do agrupamento de Savall (Hespèrion XXI), e tem como ponto de partida o “Livro da Ciência da Música”, antologia reunida por Dimitrie Cantemir (1673-1723), príncipe da Moldávia, que chegou a Istambul em 1693.
Nesta cidade viveu cerca de duas décadas, primeiro como penhor da fidelidade do seu pai ao sultão, depois como representante diplomático do pai e do irmão enquanto governadores da Moldávia. Era um apaixonado pela história, pelo estudo das religiões, pela filosofia, pelas artes e pela música e conta-se que era um excelente intérprete de tanbur, instrumento de cordas dedilhadas da família do alaúde. No “Livro da Ciência da Música” reuniu 355 composições (nove das quais compostas por ele próprio), formando assim a mais importante colecção de música instrumental otomana dos séculos XVI e XVII conhecida.
As peças seleccionadas para a gravação são intercaladas por improvisações formando um aliciante mosaico de cores e ritmos. Constituem também um catálogo de melodias, modos, ritmos de grande complexidade e de instrumentos exóticos (duduk, ney, oud, kamancha, tanbur, entre outros). Está implícita um forte componente de recriação, mas não é tanto a reconstituição histórica que está em causa; antes, um exercício criativo de música viva que combina o passado e o presente, as músicas do mundo e a experiência no âmbito da tradição erudita ocidental.
Mas as classificações são o menos importante perante um resultado sonoro que é frequentemente hipnótico e revelador de músicos com forte carisma, criatividade e grande domínio técnico.
Texto de Cristina Fernandes, publicado no ÍPSILON em 27-01-2010
La liturgia de difuntos –que incluye, concretamente, la misa de réquiem, el oficio del sepelio y el oficio de los muertos– recibió en España, desde una época muy temprana, una considerable importancia por parte de las autoridades eclesiásticas y los compositores de las iglesias locales. A lo largo de toda la Edad Media, según se desprende de las descripciones documentales de que disponemos, la muerte de un gran señor, como por ejemplo el Conde de Barcelona o el soberano de alguno de los reinos de León, Castilla, Aragón o Navarra, era llorada por medio de impresionantes ceremonias en las que la solemnidad de la liturgia se veía a menudo subrayada por el añadido de el planctus, un largo lamento opcional que se cantaba en monofonía, y del que nos han llegado varios ejemplos.
Officium Defunctorum | Ad Matutinum | Circumdederunt me gemitus mortis
Cuando a finales del siglo XV, y siguiendo los ejemplos de Dufay y Ockeghem, empezó a usarse la polifonía para las misas de réquiem, los músicos españoles fueron de los primeros en adoptar esta práctica de un modo sistemático; y así, casi todos los grandes compositores ibéricos del siglo XVI, desde Pedro de Escobar y Juan García de Basurto, nos han dejado por lo menos una versión polifónica de la Missa pro defunctis. Sobre esta cuestión tendría una influencia directa la atmósfera de profundo misticismo que dominó gran parte de la cultura española durante esta época como resultado de la confusión espiritual y la crisis de valores en las que se vio sumida Europa tras la aparición de la Reforma. En realidad, el contenido excepcionalmente dramático de los textos de réquiem parecía abarcar todos los temas que polarizaban los grandes miedos y las grandes dudas del hombre del siglo XVI: el paso rápido del tiempo, la naturaleza transitoria de la vida terrena, los misterios opuestos de la mortalidad y la eternidad, los sentimientos de culpa de un alma frente a Dios, el rigor del juicio final, la súplica humana de clemencia divina.
Officium Defunctorum | In Secundo Nocturno | Versiculum: Collocet eos cum principibus | Responsorium III: Ne recorderis
La Missa pro defunctis a cinco voces de Cristóbal de Morales se publicó en 1544 como parte de su Christophori Moralis Hispalensis Missarum liber secundus, imprimido en Roma por Valerio y Ludovico Dorico. En 1552 Jacques Moderne volvió a imprimir el volumen en Lyon, y existen por lo menos tres copias manuscritas de la misa: en Madrid (Biblioteca de los Duques de Medinaceli), Múnich (Bayerische Staatsbibliothek) y Toledo (Archivos de la Catedral). No conocemos la fecha exacta de composición de esta pieza, aunque lo mas probable es que fuera escrita durante la estancia de Morales en Roma como cantante en la capilla papal, puesto que obtuvo el 1 de septiembre de 1535 y que dejó el 1 de mayo de 1545. Según ha propuesto el musicólogo italiano Clementi Terni, Morales pudo haber escrito el réquiem para las solemnes exequias de la esposa de Carlos V, Isabel de Portugal, celebradas el 28 de mayo de 1539 en la basílica de San Pedro, ya que él mismo cantó en esa ceremonia junto con el resto del coro papal; sin embargo no parece haber ninguna prueba documental que respalde esta hipótesis. El coro también cantó en la inauguración oficial del Juicio final, en la Capilla Sixtina, el 31 de octubre de 1540; y, si dejamos de lado la propuesta de Terni, resulta tentador pensar que el impacto de las poderosas imágenes de Miguel Ángel en la mente creativa del compositor pudo tener alguna influencia sobre la atmosfera expresiva de su Missa pro defunctis.
El réquiem de Morales sigue el modelo estructural que era habitual para el género en esa época: Introitus (Requiem æternam, con el verso Te decet), Kyrie, Gradual (Requiem æternam, con el verso In memoria æterna), Secuencia (no se trata del Dies iræ completo, del que los compositores del XVI no acostumbraban a hacer la versión polifónica completa, sino sólo del ultimo verso, Pie Jesu Domine), Ofertorio (Domine Jesu Christe, Rex Gloriae, con el verso Hostias et preces), Sanctus (con el Benedictum), Agnus Dei y Communio (Lux aeterna, con el verso Requiem æternam). Está escrito principalmente para soprano, altos I y II, tenor y bajo, aunque el verso del Gradual, In memoria æterna, está escrito para tres voces, (A II, T, B), y el del Ofertorio, Hostias et preces, es para cuatro voces (S II, A, T, B).
Cristóbal de Morales | Missa pro defunctis a 5 voces | Graduale
Cada sección empieza con su entonación gregoriana y, a continuación, una de las voces (generalmente, la soprano) retoma la melodía del canto original y la mantiene con valores largos durante todo el movimiento, mientras las otras voces entretejen por debajo una red de contrapuntos. La textura es principalmente imitativa, a menudo basada en motivos melódicos sacados del canto, pero el movimiento rítmico es grave y tranquilo, a pesar de una cierta predilección por el uso de ritmos cruzados entre las distintas voces que provoca cierta ambigüedad métrica. La línea del bajo rara vez participa en la imitación, procediendo sobre todo en cuartas y quintas, con una clara función armónica. Junto con el uso ocasional de la escritura homofónica, todo ello crea un fuerte efecto acordal, aún cuando el texto aparece tratado en su mayor parte de manera melismática y, por lo tanto, sólo algunas secciones tienen un estilo claramente declamatorio. Hay poco uso –si es que hay alguno– del figuralismo; más bien, Morales prefiere a todas luces crear en cada movimiento un clima emocional general que nunca rompe con efectos puramente madrigalísticos. Su armonía revela una predilección por las terceras y las sextas menores, un procedimiento que anticipa las recomendaciones del teórico italiano de finales del siglo XVI Gioseffo Zarlino para establecer una atmosfera musical melancólica y el mismo efecto es conseguido mediante un uso moderado pero muy eficaz de las suspensiones y otras disonancias. En términos generales, el réquiem es una de dimensiones verdaderamente espléndidas y, sin embargo, de naturaleza austera, serena e introspectiva, como si Morales hubiera querido abordar el tema de la muerte con el mayor recogimiento y la mayor reverencia posibles, lejos de cualquier demostración de ingenio y virtuosismo mundanos y con una emoción sincera.
Morales escribió dos composiciones más relacionadas con la liturgia de difuntos: una segunda Missa pro defunctis, para cuatro voces, y una serie de versiones polifónicas de temas pertenecientes al Officium defunctorum. Según parece, compuso el réquiem para cuatro voces tras su regreso a España, mientras oficiaba como maestro de capilla en la corte del duque de Arcos en Marchena, entre mayo de 1548 y, al menos, febrero de 1551, antes de aceptar un puesto similar en la catedral de Málaga. El teórico y compositor Juan Bermudo menciona, en su Declaración de instrumentos musicales (Osuna, 1555), que esta obra estaba dedicada al conde de Urueña e incluso reproduce en ese mismo tratado un fragmento de la partitura. Partiendo de ciertas similitudes existentes con el fragmento que cita Bermudo, se ha propuesto que un réquiem anónimo copiado en un manuscrito perteneciente a una iglesia de Valladolid podría corresponder a la versión para cuatro voces de Morales, pero esta identificación sigue siendo problemática.
Francisco Guerrero | Sacrae Cantiones | Ave Maria (a 8 voces)
En cuanto al Officium defunctorum, sobrevive en un libro de coro propiedad de los archivos de música de la catedral de Puebla, en México. Pudo haber sido compuesto aproximadamente en la misma época que el réquiem para cuatro voces, pero no existe ninguna referencia específica que apoye esta hipótesis en la documentación existente sobre los últimos años de la vida de Morales. Lo que sí sabemos es que se cantó en Ciudad de México algunos años después de la muerte del compositor, durante los funerales solemnes que se celebraron en esa ciudad por la muerte del emperador Carlos V en noviembre de 1559. Francisco Cervantes de Salazar, en su Túmulo imperial (Ciudad de México, 1560), nos ofrece un relato pintoresco y detallado de las ceremonias, con una descripción especialmente exhaustiva de todos los elementos musicales.
Dado que el palacio del virrey y la catedral de Ciudad de México estaban demasiado cerca como para permitir una larga procesión entre los dos edificios, las celebraciones tuvieron lugar en la iglesia de San José y en un patio situado entre ésta y el monasterio franciscano colindante, donde se erigió un gran monumento en memoria del difunto emperador. Dos mil indios abrieron la procesión, encabezados por los gobernadores indígenas de las cuatro provincias de México y por más de doscientos caciques, ataviados todos ellos con las vestimentas del duelo según el mas estricto protocolo. Detrás, en una procesión que duró dos horas, desfilaron el clero, encabezado por el arzobispo Alonso de Monchúfar, la administración colonial y la nobleza, con el virrey don Luis de Velasco, y una competa representación de todos los estamentos de la sociedad colonial.
Tomás Luis de Victoria | Cantica Beatae Virginis | Salve, Regina (a 8 voces), 1572
La ceremonia en la iglesia fue dirigida por el maestro de capilla de la catedral de Ciudad de México Lázaro del Álamo, que había dividido a sus músicos en dos coros para que pudieran alternarse o combinarse para formar un gran conjunto. En los libros de coro de Puebla no se conservan todas las piezas que se cantaron en esa ocasión, y no fueron todas de Morales ni todas polifónicas; por ejemplo, el motete de Morales para cinco voces Circumdederunt me gemitus mortis, que se interpretó justo antes del Invitatorio de rigor (Regem cui omnia vivunt), existe en un manuscrito en la catedral de Toledo, pero no se encuentra en ningún archivo mexicano. El propio Lázaro del Álamo era autor de algunas de las versiones de los salmos que se interpretaron, en las que la primera mitad de cada verso se cantaba por un solista y la segunda era cantada en polifonía por un coro de niños. En otras ocasiones, un pequeño coro polifónico de ocho solistas se alternaba con un coro mayor. Alguna de las versiones de Morales, como la del salmo Exultemus, ya no existen. Por otra parte, los libros de coro de Puebla contienen tres motetes fúnebres de Morales para cuatro voces, (Hodie si vocem eius, Quoniam Deus magnus, y Quoniam ipsius est mare), pero la descripción de Cervantes de Salazar no menciona que se cantaran en esa ocasión. Por consiguiente, esta grabación sólo incluye las piezas polifónicas de Morales existentes, que sabemos con certeza que fueron interpretadas en matines durante las ceremonias que hemos descrito.
Se trata pues de las siguientes piezas: el mencionado motete para cinco voces Cirdumdederunt me, el Invitatorio (Regem cui omnia vivunt, con el Salmo 94, Venite, exultemus Domino), las tres Lecciones del primer Nocturno (I-Parce mihi, Domine; II-Tædet animam meam; III-Manus tuæ fecerunt me), y el tercer Responso del segundo Nocturno (Ne recorderis). El Invitatorio, con su constante alternancia con los versículos del Salmo 94 estableciendo una suerte de refrán, resulta particularmente apropiado para experimentar con una gran variedad de posibilidades interpretativas en lo referente a la distribución vocal e instrumental, ya que sabemos que en las catedrales peninsulares y latinoamericanas la polifonía sacra rara vez –por no decir nunca– se interpretaba a capella, sino que contaba con un importante acompañamiento de instrumentos armónicos, de cuerda y de viento.
Tomás Luis de Victoria | Cantica Beatae Virginis | O magnum mysterium (a 4 voces), 1572
Las tres Lecciones –y, en particular, la primera, «cuya belleza subyugó a todos» en las ceremonias de Ciudad de México, en palabras de Cervantes de Salazar– consisten en austeras armonizaciones a cuatro voces de los tonos recitativos gregorianos que se usaban para este género, con la línea cantada por la soprano. Exceptuando algunos cambios armónicos inesperados, el impacto emocional de estas piezas reside básicamente en la declamación rítmica del texto, en el que las estructuras métricas en constante cambio aceleran o disminuyen el recitativo, generando así, junto con el juego de sonidos y silencios, fuertes efectos dramáticos (como la manera en la que la palabra peccavi –he pecado– del Parce mihi es articulada muy lentamente y queda enmarcada por compases de pausa general). Por último, en el Responso Ne recorderis, todas las secciones se basan en la alternancia permanente de pasajes homofónicos sobrios y cortos, y de melodías cantadas. De nuevo, tanto en el Officium defunctorum como en la Missa pro defunctis, (y quizás en el caso de esta última, de un modo más impresionante todavía), Cristóbal de Morales nos dejó en sus composiciones para la liturgia de difuntos una meditación sobre los misterios de la Vida y la Muerte severa y contenida, pero de una densidad y una profundidad impresionantes, y con ello aportó a la música sacra europea y a la cultura española del siglo XVI dos obras maestras imperecederas.
ISTANBUL. DIMITRIE CANTEMIR
“The Book of the Science of Music” and the Sephardic and Armenian musical traditions
HESPÈRION XXI – Yair Dalal oud, Driss El Maloumi oud, Pierre Hamon ney & flûte, Dimitri Psonis santur
Pedro Estevan percussion, Jordi Savall rebab, vielle et lire d’archet
1. Taksim (Kanun, Vièle, Oud, Kemence et Tanbur) Improvisation
2. Der makām-ı ‘Uzzâl uşūleş Devr-i kebīr – Mss. Dimitri Cantemir (118) Anonym (ancien)
3. Los Paxaricos (Isaac Levy I.59) – Maciço de Rosas (I.Levy III.41) Sépharade (Turquie)
4. Taksim (Kanun) Improvisation
5. Der makām-ı Muhayyer uşūleş Muhammes (Mss. D.Cantemir 285) Kantemiroğlu
6. Chant et Danse (2 Duduk et percussion) Tradition Arménienne
7. Taksim (Oud) Improvisation
8. Der makām-ı Hüseynī Semâ’î (Mss. D.Cantemir 268) Baba Mest
9. El amor yo no savia (I.Levy II.80) Sépharade (Esmirna)
10. Taksim (Lira) Improvisation
11. Der makām-ı Şūri Semâ’î (Mss. D.Cantemir 256) Anonyme (ancien)
12. Lamento: Ene Sarére (2 Duduk) Barde Ashot (Arménien)
13. Madre de la gracia (I. Levy III.29) Sépharade (Turquie)
14. Taksim (Kanun, Tanbur, Santur et Oud) Improvisation
15. Der makām-ı [Hüseynī] uşūleş Çenber (Mss. D.Cantemir 96) Edirne’li Ahmed
16. Taksim & Makam «Esmkhetiet-Yis kou ghimeten-Tchim guichi» Barde Sayat Nova (Arménien)
17. Taksim (Kanun, Tanbur et Oud) Improvisation
18. Der makām-ı ‘Uzzâl uşūleş Berevsan (Mss. D.Cantemir 148) ‘Alí H^äce (Ali Hoca)
19. Venturoso Mançevo (I. Levy II.58) Sépharade (Esmirna)
20. Taksim (Kemence, Kanun, Oud et Tanbur) Improvisation
21. Der makām-ı Hüseynī Sakīl-i Ağa Rıżā (Mss. D. Cantemir 89) Anonyme (ancien)
“El libro de la ciencia de la música” y las tradiciones musicales sefardíes y armenias
_____________________________________________________________________
En la encrucijada de dos continentes, el europeo y el asiático, ESTAMBUL para los otomanos, CONSTANTINOPLA para los bizantinos, es ya en la época de Dimitrie Cantemir (1673-1723) un verdadero hito de la historia; a pesar del recuerdo y la presencia muy evidente de la antigua Bizancio, se había convertido en el auténtico corazón del mundo religioso y cultural musulmán. Extraordinaria mezcla de pueblos y religiones, no deja de atraer a viajeros y artistas europeos; Cantemir desembarcó en la ciudad en 1693, a la edad de 20 años, primero como rehén y luego como representante diplomático de su padre, que gobernaba Moldavia. Se convirtió en un famoso intérprete de tanbur, una especie de laúd de mástil largo, y fue también un compositor muy apreciado por su obra Kitâb-ül ilm-il mûsikî (El libro de la ciencia de la música), que dedicó a sultán Ahmed III (1703-1730). Tal es el contexto histórico ante el que adquiere forma nuestro proyecto «El libro de la ciencia de la música de Dimitrie Cantemir y las tradiciones musicales sefardíes y armenias». Queremos presentar las músicas instrumentales “cultas” de la corte otomana del siglo XVII procedentes de la obra de Cantemir, en diálogo y alternancia con las músicas “tradicionales” del pueblo, representadas aquí por las tradiciones orales de los músicos armenios y de las comunidades sefardíes acogidas, tras su expulsión del reino de España, en ciudades del Imperio otomano como Estambul o Esmirna.En Europa occidental, la imagen cultural otomana nos ha llegado muy deformada por la larga lucha de ese Imperio por avanzar hacia Occidente, lo cual nos ha hecho olvidar la riqueza cultural y, sobre todo, el ambiente de tolerancia y diversidad que existía en el Imperio en esa época. Nos lo señala Stefan Lemny en su interesante ensayo Les Cantemir al recordar «que, en realidad, Mehmed II perdonó la vida de los habitantes cristianos tras la toma de Constantinopla; y, no sólo eso, ya que algunos años más tarde, alentó el regreso de las antiguas familias aristocráticas griegas en el barrio llamado Fanar o Fener, vestigio de la época bizantina». Más tarde, bajo el reino de Solimán –época dorada del Imperio—, los contactos con Europa se intensificaron, al tiempo que se desarrollaron las relaciones diplomáticas y comerciales. Como recuerda Amnon Shiloah en su excelente obra La musique dans le monde de l’islam: «Aunque Venecia poseía una misión diplomática en Estambul, durante el siglo XVI, el Imperio se volvió hacia Francia. El tratado concluido en 1536 entre Solimán y el “rey de los cristianos”, Francisco I, fue el factor decisivo de acercamiento que favoreció los encuentros. En esa ocasión, Francisco I envió a Solimán una orquesta en señal de amistad. El concierto dado por ese conjunto parece haber inspirado la creación de dos nuevos ritmos (compases), introducidos desde entonces en la música turca: el frenkcin (12/4) y el frengi (14/4)».A partir de 1601, el Patriarcado de la Iglesia ortodoxa, punto de encuentro de la aristocracia griega venida de todos los rincones del Imperio, de las islas del mar Egeo, el Peloponeso, las regiones europeas o Asia Menor, se instala definitivamente en el barrio denominado Fanar, donde se habían instalado ya las antiguas familias aristocráticas griegas tras la caída de Constantinopla. Así, mediante la existencia de ese núcleo de población, la antigua capital bizantina siguió representando el corazón de la ortodoxia de todo el Imperio. Por esta razón, la Academia (o Gran escuela) del Patriarcado ejerció una auténtica hegemonía cultural. Basándose en la lectura de Cantemir, Voltaire evoca las disciplinas que allí podían estudiarse: el griego antiguo y moderno, la filosofía de Aristóteles, la teología y la medicina: «Admito –escribe– que Demetrius Cantemir ha recogido muchas fábulas antiguas; pero no puede haberse equivocado respecto a los monumentos modernos que vio con sus propios ojos ni respecto a la academia en la que se educó».
El libro de la ciencia de la música de Dimitrie Cantemir, que nos ha servido de base como fuente histórica para nuestra grabación, es un documento excepcional en muchos aspectos; ante todo, como fuente fundamental de conocimiento de la teoría, el estilo y las formas musicales del siglo XVII, pero también como uno de los testimonios más interesantes sobre la vida musical de uno de los países orientales más importantes. Esa antología de 355 composiciones (de las cuales 9 pertenecen al propio Cantemir), escritas en un sistema de notación musical inventado por su autor, representa la más importante colección de música instrumental otomana de los siglos XVI y XVII que ha llegado hasta nuestros días. Empecé a descubrir ese repertorio en 1999 durante la preparación del proyecto sobre Isabel I de Castilla, cuando nuestro colaborador y amigo Dimitri Psonis, especialista en músicas orientales, nos propuso una antigua marcha guerrera de esa colección como ilustración musical de la fecha de la conquista de Constantinopla por parte de las tropas otomanas de Mehmed II.
Un año más tarde, durante nuestra primera visita a Estambul con ocasión de un concierto con Montserrat Figueras y Hespèrion XX y de un encuentro en el Centro Cultural Yapı Kredi, tuvimos la suerte de recibir como regalo de nuestros amigos estambulíes Aksel Tibet, Mine Haydaroglu y Emrah Efe Çakmak la primera edición moderna de las composiciones contenidas en El libro de la ciencia de la música de Dimitrie Cantemir. Enseguida quedé fascinado por las piezas de esa antología y la historia de ese hombre, y me dediqué a estudiarlos con el fin de conocer mejor esta cultura a la vez tan cercana a nosotros, pero que nos parece muy lejana por puro desconocimiento. Me propuse investigar el contexto histórico y estético que permitiría la realización de un proyecto interesante. Seis años más tarde, durante la preparación del proyecto ORIENT-OCCIDENT, pude seleccionar cuatro magníficos makams que dieron a dicho proyecto una dimensión nueva por ser la única música oriental que no provenía de una tradición oral, sino de una fuente escrita de la época. Y, por último, en el 2008 y como continuación natural de ese primer proyecto de diálogo entre Oriente y Occidente, hemos podido reunir un magnífico grupo de músicos de Turquía (oud, ney, kanun, tanbur, lyra y percusiones) y, junto con músicos de Armenia (duduk, kemancha y ney «Belul»), Israel (oud), Marruecos (oud) y Grecia (santur y morisca) y con los principales solistas especialistas habituales de Hespèrion XXI, hemos preparado y realizado esta grabación. Aprovecho para expresar a todos ellos mi sincera gratitud, muy consciente de que sin su talento y sus conocimientos este proyecto no habría podido realizarse.
De entrada, el trabajo más delicado fue hacer la selección de una decena de piezas, entre un conjunto 355 composiciones, eligiendo las más representativas y las más variadas de entre los makams más hermosos, sabedores de que la elección se hacía desde nuestra sensibilidad occidental. Después de esa decisión tan difícil, hubo que completar las partes elegidas para la parte otomana con la realización de los correspondientes taskims, auténticos preludios interpretados de forma improvisada antes de cada makam. Paralelamente, abordamos la selección de las piezas sefardíes y armenias. Para el repertorio sefardí elegimos músicas procedentes del repertorio ladino conservado en las comunidades de Esmirna, Estambul y otras regiones del antiguo Imperio otomano; y, para el armenio, las piezas más hermosas de entre las diferentes opciones que nos proporcionaron los músicos armenios Georgi Minassyan (duduk) y Gaguik Mouradian (kemancha).
Seguramente, todas esas composiciones son hoy interpretadas de modos muy diferentes a las que corresponden a la época de Cantemir, así que para conocer otras posibilidades de interpretación hubo que recurrir a relatos diversos, realizados a menudo por viajeros europeos, que nos hablan de los particularismos de la música otomana en esas épocas antiguas y nos aportan una serie de consideraciones interesantes sobre la ejecución, la práctica, los instrumentos, las orquestas de corte o militares y las ceremonias de las cofradías místicas. Como, por ejemplo, las observaciones de Pierre Belon en 1553, quien nos habla de la extraordinaria habilidad de los turcos para fabricar con intestinos cuerdas para [instrumentos de cuerdas] arcos y laúdes, «que son más comunes aquí que en Europa»; Belon añade que «numerosos pueblos saben tocar uno o varios tipos [de instrumentos], cosa que no ocurre en Francia o Italia». También menciona la existencia de una gran variedad de flautas y nos habla de las maravillosa dulzura de la sonoridad del miskal (flauta de Pan). Por su parte, el viajero italiano Pietro Della Valle describe en 1614 que la dulzura de ese instrumento «no alcanza la de la flauta larga (ney) de los derviches». Hacia 1700 el propio Cantemir nos explica: «Quizá se encuentre extraño en Europa lo que cuento aquí –reconoce en su Historia del Imperio otomano– sobre el gusto por la música en una nación con reputación de bárbara entre los cristianos». Cantemir admite que la barbarie pudo reinar en la época de la cruzada del Imperio; pero, con el final de las grandes conquistas militares, las artes «frutos comunes de la paz, han acabado por encontrar su lugar en esos espíritus». Y concluye con estas líneas, que debieron de interpelar a sus lectores europeos: «Me atrevo incluso a avanzar que la música de los turcos es mucho más perfecta que la de Europa en lo que respecta al compás y la proporción de las palabras, pero también que es tan difícil de comprender que apenas encontraremos tres o cuatro personas que conozcan a fondo los principios y delicadezas de ese arte»(Historia, II, p. 178).
Deseamos subrayar esta observación sobre la complejidad de una música que «es mucho más perfecta que la de Europa en lo que respecta al compás», porque la hemos experimentado realmente; en los nuevemakams seleccionados, encontramos los siguientes compases (o ritmos): 14/4, 16/4, 10/8, 6/4, 12/4, 48/4 y 2/. De esos siete compases únicamente los ritmos de 6/4 y 2/4 son habituales en el mundo occidental. El compás determina el ritmo y el tempo, pero el tempo se establece sobre bases más subjetivas o incluso vinculadas a las circunstancias, al contexto social y también a unas situaciones siempre dependientes de la evolución de las costumbres. Al igual que en el mundo occidental, donde la mayoría de danzas originalmente muy vivas desarrolladas a partir de tradiciones populares (como la folia, la chacona, la zarabanda o el minueto) se volvieron bastante moderadas o incluso lentas tras varios años de influencia de la pompa y el carácter ceremonioso de la corte, parecería evidente que un fenómeno parecido se hubiera producido también en la música de la corte otomana. En efecto, las danzas y músicas instrumentales creadas por los músicos de la corte, inspirados en músicas populares, experimentan progresivamente y, de modo especial, durante el siglo XX un notable enlentecimiento motivado por las influencias formales de la propia corte y también por la idea religiosa de que toda música de cierta nobleza debe ser controlada y moderada. Creemos que en la época de Cantemir esa evolución todavía no había comenzado; la síntesis de una música clásica y popular es muy evidente en las composiciones de ese período; en especial, en las obras reunidas en la antología de Cantemir o en las composiciones de Eyyûbi Bdekir Agha (fallecido en 1730). Fué durante 1718 y 1730 –años muy florecientes para todas las artes–, la época conocida como “Lâle Devri” o de los Tulipanes Negros –cuyo nombre proviene de los jardines de tulipanes cultivados a orillas del Bósforo-, cuando los músicos de la corte descubrieron en los jardines imperiales el arte de los bardos populares (âsik). Por ello, nuestra elección interpretativa de los tempi es mucho más animada que la que suele escucharse en las interpretaciones actuales de esas músicas del repertorio otomano.
Otra diferencia importante es la instrumentación. Al contrario de los conjuntos contemporáneos que interpretan casi siempre las piezas con todos los instrumentos, hemos procedido a una variada dosificación de la instrumentación, de tal manera que podemos utilizar todos los instrumentos en las secciones equivalentes a nuestro “rondó” o ritornelo, mientras que en las otras secciones del makam los diferentes instrumentos alternan sus intervenciones o están presentes según el carácter de la sección o en función del desarrollo de la pieza. Subrayemos, por último, que, aunque la primera notación utilizada por los músicos turcos fue una notación cercana a la alfabética, la inventada por Dimitrie Cantemir es de gran ingenio y precisión; permite diferenciar con claridad las diversas formas de afinar los bemoles o los sostenidos en función de los modos utilizados.
No se trata sólo de mostrar que el imaginario diálogo musical entablado con ocasión de la presente grabación es posible, sino sobre todo de recordar que corresponde a una auténtica realidad histórica. Al margen de la gran diversidad y riqueza cultural de ese Estambul del tiempo de Cantemir, no hay que olvidar la presencia en la corte imperial de músicos griegos, armenios y judíos confirmada en diferentes fuentes. El conde de Saint-Priest, embajador francés en Estambul, observa los prejuicios de los otomanos ante las artes en general, lo cual los condujó a ceder la profesión de músico a los no musulmanes. En efecto, «la mayor parte de los servidores músicos del gran señor, considerados como los Orfeos del Imperio turco [como será el caso del propio Cantemir], son de origen griego, judío o armenio». Más tarde, hacia los años finales del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX, algunos de los nombres más ilustres son el armenio Nikiğos y el intérprete judío de tanbur Tamburî Ishaq (fallecido hacia 1815).
En ese contexto de excelencia musical, Dimitrie es particularmente reputado por su virtuosismo con eltanbur. El cronista Ion Neculce expresa una admiración superlativa: «Ningún constantinopolitano podía tocar mejor que él». Ese instrumento, afirma, «es el más completo y perfecto de todos los conocidos o que hemos visto» y el que «reproduce con precisión y sin fallos el canto y la voz que surge del aliento humano». Esta opinión puede parecer exagerada si no tenemos en cuenta que en esa época el instrumento se tocaba pulsándolo como un laúd y también con un arco y sostenido como una viola da gamba; y, coincidencia significativa, precisamente la viola da gamba era considerada en la misma época en Francia como el instrumento que mejor podia imitar todos los matices propios de la voz humana.
JORDI SAVALL
Edimburgo, agosto del 2009
Traducción: Juan Gabriel López Guix
P. S. Deseo agradecer a Amnon Shiloah, Stefan Lemny, Ursula y Kurt Reinhard sus trabajos de investigación y análisis sobre la historia y la música de la época, que me han servido para documentar ciertas fuentes de mi comentario. Via.
Our collaboration was five years old when we returned to the monastery of St Gerold. We wanted to do two things: record versions of some of the new music that we had added to our repertoire sinceOfficium, and renew our encounter with the unknown, experimenting with music we hadn’t come across before. Officiumwas based broadly on early music principles; we have now performed together hundreds of times and the repertoire, and what we do with it, has evolved a long way from those first explorations. So Mnemosynereally contains two sorts of music. The most straightforward are those pieces where we sing existing music (conventionally notated) and the saxophone improvises around us. We may reorder the music a bit but we know more or less what we’re going to do (we never know what the saxophone is going to do … ). This was how much of Officium worked.
A lot of the newer repertoire on Mnemosyneconsists of very small amounts of material with minimal notation. These are rarely complete pieces and often just a few scraps, recovered from old book bindings or buried for centuries under desert sands. We may decide on an outline form and share out the material, then we all improvise and none of us knows what will happen next. It was another magical experience for us, five musicians plus the mercurial creative impulse of Manfred Eicher, and the timeless hospitality of Pater Nathanael at St Gerold. We did it for each other, in the absence of an audience, and these are complete, one-off performances, which will never sound the same again. John Potter
The Hilliard Ensemble David James, countertenor Rogers Covey-Crump, tenor John Potter, tenor Gordon Jones, baritone Jan Garbarek, soprano & tenor saxophones
Mnemosyne
A sign we are, inexplicable
Without pain we are and have nearly
Lost our language in foreign lands.
For when the heavens quarrel
Over humans and moons proceed
In force, the sea
Speaks out and rivers must find
Their way. But there is One,
Whitout doubt, who
Can change this any date. He needs
No law. The rustle of leaf and then the sway of oaks
Besides glaciers. Not everything
Is in the power of the gods. Mortals would sooner
Reach toward the abyss. With them
The echo turns. Though the time
Be long, truth
Will come to pass.
“Officium” – “Parce Mihi Domine” (Cristóbal de Morales, 1550-1553, Spain). Recorded at Propistei St. Gerold, Austria (Sept. 1993). “Parce mihi Domine” is from the vulgate translation of the Book of Job. The whole text is beautiful and Morales has created a truly transcendent piece here, very much ahead of his time: “Spare me, Lord, for my days are as nothing.
What is Man, that you should make so much of us?
Or why should you set your heart upon us?
You visit us at dawn,
and put us to the test at any moment.
Will you not spare me and let me be,
while I swallow my saliva?
If I have sinned, how have I hurt you,
O guardian of mankind?
Why have you set me up as your target,
so that I am now a burden to myself?
Why do you not forgive my sin
and why do you not take away my guilt?
Behold, I shall now lie down in the dust:
if you come looking for me I shall have ceased to exist.”
Com a divulgação do excepcional Documentário de 2005 Keith Jarrett – The Art Of Improvisation percorro alguns dos meus favoritos discos de Jarrett, que incluem um conjunto notável de amigos que há muitos anos o acompanham nesta viagem: Jack DeJohnette, Gary Burton, Gary Peacock, Charles Lloyd e Manfred Eicher.
Por via de uma profunda pesquisa da vida e trabalho de Keith Jarrett, o Documentário resulta numa excepcional oportunidade para entender os contrastes entre o jazz e a música clássica; Contém uma enorme quantidade de material de arquivo, enriquecido com detalhes das entrevistas filmadas com Keith, e testemunhos de quem com ele colaborou durante anos: familiares, managers e outros colaboradores próximos, como Steve Cloud, Scott Jarrett, George Avakian, Miles Davis, Toshinari Koinuma, Charlie Haden, Dewey Redman, Rosa Anne Jarrett, Jan Garbarek e John Christensen. Este Documentário expõe o talento único do artista que explora as fronteiras do jazz e que lhe proporciona reconhecimento a nível mundial.
Thelonious Monk played his first San Francisco club engagement in October of 1959. According to all accounts, opening night (at theBlack Hawk, one of the city’s two top-ranked jazz clubs) was close to a total disaster. In a complete reversal of the way legend has always typecast Thelonious, he showed up for work more or less on time – but he was the only one on the bandstand. The rest of his quartet never made it.
Well, actuallyCharlie Rouse, who had joined Monk almost exactly a year earlier and was to remain his constant working companion through the entire Columbia Records period, showed up for the second set. (His excuse was weird enough to have the ring of truth to it. Arriving in town that afternoon, and feeling quite travel-weary, he had checked into a YMCA near the club and took a nap that lasted quite a while longer than planned, having requested a wake-up call that for some reason was never made.) This was more than two years after Monk’s great breakthrough, when playing with the emerging John Coltrane at New York’s soon-to-be-legendaryFive Spot had started him towards new heights of public acclaim. Nevertheless, the booking apparently only paid enough to enable him to take one sideman across the country. The Los Angeles bassist and drummer hired for the week showed up the next day, but it was no way for a great pianist to first encounter one of America’s great cultural centers.
I know all of this for a certainty because I was in San Francisco at the time. Actually, the only reason I wasn’t at the Black Hawk that evening was because I was recording not too far away – at the Jazz Workshop, where the youngCannonball Adderley quintet was taping a “live” album that would lead them to world-wide stardom.
(Major companies often having been slow to respond to the less obvious jazz forms of that day, both artists were then recording for my New York based independent label, Riverside.) During the week I had reason to learn that Theloniouswas rapidly gaining an appreciation of the California city; I still vividly recall the day he took me to lunch at a family-style Italian restaurant in the North Beach area, where the staff greeted him affectionately.
Among the more important things that happened to Monkduring the next few years were several returns to the jazz clubs of that city and the beginning of a long relationship with a major label. The latter move led to a much higher profile for Thelonious, including the same rare honor gained by fellow Columbia Records star Dave Brubeck – having his picture on the cover of Time magazine! In the fall of 1964, the two elements combined when Monk, this time carrying a full cadre of musicians, played successive engagements at the It Club in Los Angeles, and the Jazz Workshop in San Francisco, and Columbia elected to record him in performance at both venues. (Opening night in the City by the Bay was, without question, a much happier occasion than in 1959.)
Of course there was a bit of maneuvering and inconvenience involved. Either economy or efficiency, or perhaps the schedule of Teo Macero, Monk’s designated producer at the label, dictated that the two chunks of location recording were jammed together – almost literally back to back. The band was recorded in Los Angeles on a Saturday and Sunday, the last two night of that stand, and then again further north on the first two of the next. (And Monkbarely got time to travel – a good part of his off-day was spent in a Los Angeles studio cutting five numbers for a planned solo piano album.) It actually is a seriously bad idea to record right at the start of an on-the-road club date. The musicians haven’t yet gotten used to their new hotel rooms and how to get from the lobby to the job, let alone feeling comfortable and relaxed on the bandstand or in the backstage area, or accustomed to how they sound in the room.
But in addition to several better-known attributes, Thelonious Monk was a thorough professional, capable of working productively under almost any circumstances. It helped that he possessed limitless self-confidence – including both an instinctive faith in his own ability and the conviction that he had clothed his sidemen in the same invulnerable armor. And more than any other jazz artist in my experience, he seemed able to block out the influence of the tape machine, to proceed without appearing to be altering his performance to accommodate the requirements of recording. If you happen to be the producer in charge of the live recording session, this last quality is not necessarily a good thing. Usually – though perhaps not always – some adjustments should be made. Visual elements help make a drum solo more exciting; maintain audience interest for longer stretches of time, involve the viewer/listener more deeply through the charisma of an intriguing personality. But in constructing an album that will remain fascinating when deprived of any visual aids, it is not always possible to retain total reality. The most effective live recordings are often those that appear to be entirely natural and unrestricted, but actually are planned and disciplined. Monkwas never particularly interested in or approving of simulation or compromise in connection with his music. (I have produced what I consider rather successful in-person Monk albums, but it certainly was far from easy.)
One striking characteristic of the body of music here is the lack of repetition. Aside from the set-closing theme, “Epistrophy,” only one number (“Evidence”) appears to have been played more than once a night. This much variety is certainly how Thelonious would have programmed an evening of club work, but it is definitely not the prescribed way to make a record. In the studio, standard procedure is to repeat a selection until you are satisfied, then go on to the next. Most club recording varies this only by not repeating anything immediately, but concentrates on limited repertoire and repeats almost everything in each new set – which in this era meant three or four times a night. This may partially explain why Columbia issued virtually none of the 1964 California live material for almost two decades – and then only chose to release a limited number of selections. And several of those had been trimmed in length to something closer to the duration of a studio recording, usually by drastic shortening or even elimination of bass and drum solos.
But in preparing the reissue versions of this material, I was fortunately not asked to prepare a ‘normal’ record. Instead, it could be something of more historical validity, could draw its real strength from being a valid recreation of how it felt to spend time in a club when Monk was performing. Basically this is a pretty complete recreation of what he played when the tape machines were rolling on each of his quartet’s first two nights at the Jazz Workshop. Some selections were, for whatever reasons, incompletely recorded, and there’s a good possibility that tape was not continuously rolling all the time. But this is whatever can be considered issuable from two nights of work. It seems clear that the audience for jazz records usually demands perfection in what emerges from the studio, but is quite prepared to relish quirks and imperfections in on-the-spot recordings. That works out particularly well in this instance. If what you are looking for in a ‘live’ recording is something direct and honest, possibly a little rough (as the artist recalls and reaches out for a number he may not have included in his standard repertoire for years), but never at all routine or standardized – if that’s what you have in mind, it’s hard to think of anyone better equipped than Thelonious to provide it. Via.
A 17 de Novembro chega “The Catalogue”, caixa de oito discos que reúne todos os álbuns editados entre 1974 e 2003. Em 2010 o novo álbum
Kraftwerk – Minimum-Maximum, 2004
Como todos sabemos, os Kraftwerk, pioneiros da pop electrónica, nome destacado do “kraut-rock“, são banda de gente cerebral e arrumadinha. Todas as suas acções são arquitectadas com a precisão geométrica de uma auto-estrada germânica e com a sagacidade do Lance Armstrong dos bons velhos tempos – e eis-nos assim a referir de forma enviesada “Autobahn” e “Tour de France“, dois dos temas mais emblemáticos da banda alemã. Tudo isto para falar dos seus próximos passos. Primeiro, a 17 de Novembro, chega “The Catalogue”, caixa de oito discos que reúne todos os álbuns editados entre 1974 e 2003, celebrando o 35º aniversário da supracitada “Autobahn”. Depois da reavaliação histórica, o futuro. Ralf Hutter, um dos fundadores, anunciou à Billboard que os Kraftwerk começaram a trabalhar num novo álbum de originais, a editar em 2010. Será o primeiro após a saída de Florian Schneider, outro dos fundadores, e, para já, Hutter não tem muito a adiantar: “Ainda está numa fase embrionária.” Com os Kraftwerk não há espaço para especulações. Tudo muito certinho e arrumadinho. Como é que era mesmo? Isso: “Man machine.”. Via.
HE CAN READ MY MIND AND I CAN READ HIS – Miles Davis sobre Gil Evans
Sketches of Spain was the third collaboration (after Miles Ahead, 1957, and Porgy and Bess, 1958) between Miles Davis and Gil Evans for Columbia Records, and reunited the charismatic trumpeter with Gil Evans (1912-1988) following the 1959 recording of Kind of Blue. It is in these late ’50s recordings that Miles Davis (1926-1991) emerged as one of the supreme lyric-expressive players in jazz, representing as well a high point in his career and the culmination—at least temporarily—of a decade-long artistic/stylistic journey.
The centerpiece of the five tracks that comprised the original 1960 LP release of Sketches of Spain is “Concierto de Aranjuez,” originally written for guitar and orchestra by Joaquin Rodrigo in 1939. A masterpiece of its kind, it seemed tailor-made for Gil’s and Miles’s purposes, and provided their inspiration for the album’s all-Spanish/Andalusian flamenco theme. What attracted both men to this rather melancholy music, filled with a sense of longing and loneliness, was its intrinsic kinship with the blues. Both idioms flow from the same emotional bloodlines, as expressions of resistance to oppression and inhumanity. In this context, Miles was able to further discover his own distinctive voice and sound, and Evans was the one arranger/composer who could provide him with the appropriate complimentary orchestral settings that would accommodate Miles’s unique talents. The rest is history.
This historic edition presents the original album augmented by alternate and extra tracks, illustrating how this synergy developed. “The Maids of Cádiz” (from the 1957 album Miles Ahead) is the first example of Gil Evans adapting a composition of Spanish origin for an orchestral collaboration with Miles. The live performance of “Concierto de Aranjuez,” the only such ever given, took place in Carnegie Hall in 1961, offering a rare, heightened performance of this centerpiece. “Teo,” (from the 1961 album Someday My Prince Will Come) a small group piece dedicated to Producer Teo Macero, is simpatico with “Solea”—the other jewel from the original album, with its orchestral palette that is, in a word, sublime.
David Hockney 25 Fondation Louis Vuitton Du 09/04/25 au 31/08/25
Artemisia - Héroïne de l'art Musée Jacquemart-André À partir du 19 mars 2025
Join the celebrations for JMW Turner’s 250th anniversary in 2025 Tate Britain, London
Guest House
1.165.388 visitors
Calendário Cósmico
Janeiro 2026
S
T
Q
Q
S
S
D
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
Jos d’Almeida
Jos d'Almeida é um compositor de música electrónica épico sinfónica, podendo este género ser também designado como Electrónico Progressivo. Na construção de um som celestial, resultante da fusão de várias correntes musicais, JOS utiliza os sintetizadores desde o início dos anos 80.
Chuck van Zyl
Chuck van Zyl has been at his own unique style of electronic music since 1983. His musical sensibilities evoke a sense of discovery, with each endeavor marking a new frontier of sound.